El mejor homenaje a Fidel: habitar la dignidad
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Va Fidel entre nosotros, y nosotros con él. Es ese un privilegio cuántico, donde apostamos a nosotros mismos, a una inteligencia y sensibilidad únicas, que brillan en la noche más cerrada. Vamos juntos, con el Grande incorporado al tuétano, sabiendo que la destrucción es una cosa, pero que la derrota es otra bien distinta.
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El mejor homenaje al siglo de Fidel se sale de todo marco: Va más allá de las letras de cualquier cartel, de cualquier busto o escultura que él jamás quiso tener. El mejor homenaje se conjuga en presente, minuto a minuto; es el torrente de una permanencia Isla adentro, cuando la Isla parece desconfigurarse -y digo parece porque adentro conserva intacto un núcleo incandescente, capaz de quemar a quien intente la profanación de eso que llamamos Patria y que, como dice el poeta, es intocable.

La mejor reverencia es recordar que el cubano en estado natural, por razones de raíces y de materia prístina, no tiene en parte alguna de su alma la bisagra de la rendición.

Foto: Estudios Revolución

¡Viviremos y venceremos!, nos sigue diciendo Fidel que supo estar firme hasta en los momentos más duros -incluso aquel día en que, siendo muy joven, no tenía dinero ni para comprar la prensa del día y un agente del orden le dijo “circule”; incluso aquella vez en que eran solo siete fusiles y él dijo que entonces sí ganarían la guerra; incluso cuando, siendo prisionero, escuchaba decir al teniente Sarría, quien con su alma limpia le salvó la vida, que las ideas no se matan-.

Nosotros andamos en eso: vamos de un día al otro, atravesamos firmes “las extrañas islas de la noche” -como llamaría ese adorable poeta nuestro llamado Eliseo Diego a las horas del supuesto sueño-. Atravesamos la noche casi siempre en medio del calor, hundidos en pensamientos de todo tipo, escuchando sonidos nuevos en medio del apagón terrible -ese calculado en laboratorios imperiales y con cuyo efecto se pretende nuestra deshumanización, incluso el quiebre definitivo.

Foto: Estudios Revolución

El homenaje rotundo a Fidel es ese seguir siendo que no suele llevar estridencias; es la capacidad de sonreír, de imaginar, de soñar, de desgranar el tiempo serenamente, sin perder las riendas de la fiera que llevamos dentro. Reverenciar el siglo del Gigante es demostrar que aprendimos algo de él: que aprendimos lo que significa, por ejemplo, emanciparnos por nosotros mismos; que conocemos el valor de tratar a los demás como lo que son: seres humanos; que entendemos qué cosa es convertirnos en nuestro propio Comandante en Jefe -para inventarnos y reinventarnos la vida, para levantar al otro, para liderar pequeñas batallas por uno mismo y también por los demás-.

El lindo homenaje al siglo de Fidel es no amargarnos, no enloquecer ante el cruel que pretende arrancarnos el corazón con que vivimos. El mejor homenaje es no perder la lucidez y entender que el mundo está enfermo -que perdió su vergüenza el 7 de octubre del 2023, cuando comenzó el holocausto de Gaza-, y que está liderado por sinvergüenzas que odian a los demás por ser distintos de ellos. El mejor homenaje es que los heraldos del desamor y del odio no nos envenenen a pesar de ser nosotros blanco de muertes inmensas y leves.

Foto: Estudios Revolución

La mejor reverencia a Fidel Castro Ruz en el año de su centenario es entender que ahora cada cubana y cubano que resisten no son dignos de lástima sino de asombro y de admiración; porque viven en la dimensión de lo épico; porque están a la altura de la mejor leyenda; porque son inspiración para un poema homérico que pudiera llamarse la Isla indómita.

Va Fidel entre nosotros, y nosotros con él. Es ese un privilegio cuántico, donde apostamos a nosotros mismos, a una inteligencia y sensibilidad únicas, que brillan en la noche más cerrada. Vamos juntos, con el Grande incorporado al tuétano, sabiendo que la destrucción es una cosa, pero que la derrota es otra bien distinta.

Foto: Estudios Revolución

El mejor homenaje -qué orgullo- son los descamisados; los que saben amar aunque vayan despeinados; las mujeres desafiantes y con sus brazos en jarra, de pie frente a la leña y al caldero hirviente; los que saben meter las manos en la tierra; los que están dispuestos a reinventar el mundo -como si hay que empezar por el fuego y la rueda, y por máquinas desconocidas, que aprendan a andar hasta con vapor de agua-. El mejor homenaje, aunque los protagonistas no lo sepan, son los niños gritando que “llegó la luz”; son ellos jugando en las esquinas más descoloridas y difíciles, haciendo el milagro de tejer la alegría contra viento y marea.

El homenaje está en curso: es la rabia de quien dice, como Silvio, “llueve, pero no me mojo”; es el orgullo de la mujer que asegura: “primero muerta que sencilla”; o de quien afirma “primero muerto que desprestigiado”; o de quien retoma ciertos versos que a Fidel le gustaban: “Y si muero… qué es la vida…”. Está en curso con la vida misma, sin miedos, con la filosofía fidelista de que vale la pena vivir y luchar. Y está en curso porque hay algo que ni el más siniestro de los miserables puede negarnos: la esperanza de que un mundo menos indecente, un mundo que arrope mejor a la humanidad, sigue siendo posible.

Foto: Estudios Revolución