8 de enero, entrada triunfal
Nacionales

Fidel y Camilo en la entrada a La Habana el 8 de enero de 1959.

Presidencia

“Ya estamos en la capital. Ante la muchedumbre, el Comandante en Jefe de las Fuerzas de Aire, Mar y Tierra de la República está alegre, sonriente, feliz. La barba enredada, demarca el rostro rosado al que la visera de la gorra le da sombra. Lleva su uniforme verde olivo, el fusil colgado al hombro, la canana con pistola a la cintura. Junto a él, sus compañeros, hombres armados rodeándolo con delicada discreción. Viajamos sobre un tanque de ruedas de goma, y detrás, la larga caravana de autos, yipis, pisicorres, camiones, ómnibus; cientos de vehículos y, a cada lado y después, el mar de pueblo dando gritos, saludos, palmadas, cantando. Llevan banderas, pancartas, telas. Hay cabezas descubiertas o protegidas del sol con sombreros, gorras, periódicos, paraguas y sombrillas de todos los colores y estampados. Es un día de arrobo colectivo, de alegría; muchas mujeres lloran como si a través del llanto escapara el dolor reprimido tantos años.

(…) Los rebeldes que no habían estado antes en La Habana, se deslumbran con la ciudad en esta, su primera visita. Al paso por el puerto, recibimos el saludo de los portuarios; braceros, ñáñigos y santeros; muchos con el puño en alto y la franca sonrisa de todos que ilumina el rostro de estos hombres alegres, jaraneros, buenos, como es todo nuestro pueblo. Los que están encaramados sobre el pedazo de la muralla de La Habana, a un costado de la Estación Terminal de Ferrocarriles, saludan entusiastas.

(…) Flores son lanzadas por manos femeninas, acompañadas de sonrisas y besos. De las ventanas, fachadas y balcones, penden banderas cubanas junto a la roja y negra del 26 de Julio, que alegres flotan y se abrazan movidas por el viento. Por la Iglesia y la Alameda de Paula, vemos un grupo de mujeres con el rostro pintorreteado. Saltan y tiran besos. Son las infelices que el engaño y la necesidad instalaron en burdeles. Hay también jóvenes con el rostro finamente arreglado, que saludan y gritan con gestos despampanantes.

Esta vívida estampa de lo que sucedió el 8 de enero de 1959 fue escrita por el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque al evocar la entrada triunfal del Ejército Rebelde, con Fidel al frente. Tras haber marchado desde Santiago de Cuba en las primeras horas del 2 de  enero, horas después del histórico acto en el Parque Céspedes y la derrota de la maniobra continuista orquestada por la dictadura, la Caravana de la Libertad llegó al Cotorro algo después de las 2:00 p.m. Antes de abordar el yipi con el que recorrería las arterias de la urbe, Fidel llama al capitán Jorge Enrique Mendoza y a otros compañeros fundadores de Radio Rebelde para confiarles una misión: debían adelantarse hasta Columbia y velar para que nadie se aprovechara de los micrófonos instalados, pues se tenían indicios de que algunas figuras de la desprestigiada política seudorrepublicana intentarían ocupar el podio para reeditar sus manejos demagógicos.

La Caravana bordea la bahía habanera por la Avenida del Puerto. Se detiene en el edificio de la Marina, saluda a los oficiales allí congregados, al frente se halla el alférez de fragata, y luego comandante, Juan Manuel Castiñeiras. Fidel divisa en un muelle cercano el yate Granma. Penetra en la embarcación que lo trajo a fines de 1956 para reiniciar la lucha libertaria. Las fragatas Máximo Gómez y José Martí, ancladas en el puerto, disparan salvas en saludo.

El Palacio Presidencial es la próxima estación  del periplo. Fidel se dirige a los presentes con palabras que enuncian un nuevo estilo de hacer política a favor del pueblo. Es tan nutrida la multitud a la salida del recinto que alguien sugirió que combatientes del Ejército Rebelde y de la recién creada Policía Nacional Revolucionaria despejaran el área para facilitar el avance de la Caravana. Fidel rechaza de plano tan peregrina idea. Confía en el escudo de las masas, en el calor de su gente.

Frente a Palacio están estacionados tres flamantes autos que habían servido al sátrapa derrocado por la insurrección popular. Entonces vuelve a suceder algo llamativo; el recién nombrado Presidente y algunos ministros del primer gabinete de la Revolución abordan el primero; Fidel y otros jefes el segundo, y en un tercero  los escoltas. El auto delantero parte, pero en el que va Fidel se detiene apenas unos metros después. Fidel no se quiere perder el contacto directo con el pueblo; de haber seguido en el automóvil ese contacto vivo no se hubiera producido. Fidel no quería defraudar a los miles de habaneros que abarrotaban las calles y que sabían que la Revolución era del pueblo. En la Caravana venía otro yipi, manejado por un chofer del ejército derrotado que se había sumado a las filas rebeldes. Fidel desciende del auto cerrado y sube al yipi a cielo abierto, a la vista de todos.

La Caravana transita por el Malecón, asciende por La Rampa y prosigue por la Calle 23, en el Vedado, atraviesa el río Almendares y toma la ruta hacia su destino final, el campamento de Columbia, donde llega alrededor de las 8:00 p.m.
Almeida escribe  muchos años después: “Es como si un volcán estremeciera el espacio de Columbia. La muchedumbre grita enardecida: «¡Fidel! ¡Fidel! ¡Fidel!» (…)”

En efecto, la imagen de un  volcán en erupción es justa y apropiada. El volcán llamado Fidel animará con su fuego las jornadas por venir. La entrada triunfal fue a la vez meta y punto de partida en la historia de la nación cubana.