Loyda y su mayor regalo: formar un ser humano de bien
Nacionales
Llegamos a casa de Loyda Ferreiro Rodríguez, joven cubana que actualmente trabaja en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y que este domingo celebrará, como millones de mujeres, las sensibles horas del Día de las Madres. Para ella, la misión de las madres de la Isla es justamente enseñar a sus hijos, hacerlos mejores personas, prepararlos para la vida.
Alejandro Azcuy
«Frank es el mayor regalo que me ha dado la vida». Sin dudarlo, cuando preguntamos a Loyda Ferreiro Rodríguez por su hijo, ella da esa respuesta rotunda. A sus 35 años está convencida de que haber traído un ser humano al mundo lo cambió todo, le marcó el antes y el después; y para bien.
En apego a lo justo, hay que decir que un niño como Frank Armando Castillo Ferreiro, de diez años de edad, es un regalo adorable: si se le mira atentamente, se disfruta a un niño de inteligencia muy despierta; que sabe comunicarse de modo natural; que transpira cariño y que, niño al fin, tan transparente y noble, es capaz de comentar sin sonrojos a esta reportera, luego de echar un rápido vistazo a la agenda, que faltó el acento en el apellido Frías, pues su escuela -donde él cursa el quinto grado- lleva por nombre el de Hugo Rafael Chávez Frías.
En Alta Habana, en el capitalino municipio de Boyeros, Frank y su madre Loyda tienen un hogar donde se advierte el sello de una familia timbrada por una disciplina que no es excluyente con la calidez. Hemos llegado para conversar con esta cubana que actualmente trabaja en el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y que este domingo celebrará, como millones de mujeres, las sensibles horas del Día de las Madres.
«Desde el 2022 me desempeño como Asesora Jurídica, en la Dirección de Asesoramiento Jurídico del Ministerio», nos dice la joven, quien es Licenciada en Derecho y durante nueve años ejerció como Fiscal Militar.
Loyda se convirtió en madre -y así nos lo cuenta- «en el momento que más lo necesitaba». Entonces «tenía solamente 22 años, estaba prácticamente recién graduada, y con una profesión a la cual la maternidad le dio mucha ternura».
«Ser Fiscal -explica- requiere de mucha responsabilidad, pero cuando se es madre, se le impregna una ternura a esta tarea». Por eso es que ella dice que Frank le cambió la vida: «porque me hizo ser más humana, me hizo ayudar más a los demás».
-¿Qué es lo que más te enternece de Frank?, hemos querido saber. Y el sentir de Loyda aflora ágilmente: «Es un niño muy cariñoso, y al mismo tiempo muy ocurrente».
En ese instante de responder se le hace a la joven madre un nudo en la garganta, porque para ella hablar de su hijo no es cualquier asunto. «Es que cuando hablo de Frank…», expresa; y sobreviene la pausa de emociones.
Cuando hemos querido saber sobre algún momento que haya quedado inmarchitable en la memoria de Loyda madre, ella habla sobre la primera vez que lo vio: «De las cosas que nunca voy a poder olvidar con Frank, justamente está el día de su nacimiento». Y se explica mejor:
Además de hacer posible una vida nueva, Loyda considera que el momento en que dio a luz a su hijo es inmenso porque pudo ver y sentir que «ese pequeño pedacito de persona depende de ti: unas manitas tan pequeñas, una carita tan dulce…».
La experiencia -y así lo cuenta Loyda Ferreiro- tiene la hondura de fortalecer a quien la vive, «porque tienes que tratar de ser mejor persona, para entonces ayudar a formarlo a él también».
-Yo empecé a ser más justa, porque empecé a entender mejor al ser humano después de convertirme en madre. ¿Cómo te cambió a ti esa suerte?, indaga esta reportera.
-Después que una es madre, ve la vida de forma diferente. Ya no eres tan recia, no eres tan áspera, ves ternura en cualquier cosa. Te sientes identificada con los problemas de cualquier persona, y eso te ayuda a poder ser más noble en la vida.
-Y más justa. Tú eres Fiscal…
-Sí, más justa, sobre todo en una profesión donde se requiere de tanta fortaleza de carácter.
-¿Cómo es un día de Loyda madre?
-Un día mío como madre cubana supone todo un reto. Empieza a las cinco y media de la mañana; y a veces son las doce de la noche y no hemos terminado, porque hay que combinar largas jornadas de trabajo con actividades escolares de Matemática, de Español, de Historia. Hay que saber combinar la relación profesional con esa relación que hay que tener con el niño.
-¿Has sentido en algún momento que Frank te puede enseñar algo a ti?
-Aunque parezca increíble, constantemente Frank me está enseñando cosas: me enseña a ser mejor persona, me enseña a esforzarme mucho más, y me impulsa a crecer profesionalmente.
«Frank es capaz de entender que cuando llega la hora de dormir mamá no está porque está trabajando. Y mientras mamá está trabajando, Frank, cinco y seis veces, coge el teléfono y me dice: “Mamá, no te preocupes, yo estoy aquí”».
-¿Cómo quisieras que fuera el Frank adulto?
-Yo quisiera que Frank, en un futuro, fuera, primero, muy buena persona, que tenga muchos valores, y que eso sea lo que lo identifique.
«Él tiene la posibilidad de que en Cuba puede estudiar la carrera que desee, siempre que sea capaz de ganárselo».
-¿Qué le dirías, en un momento como este que está viviendo Cuba, en un mundo tan desafiante, tan peligroso, en que estamos amenazados, a las madres cubanas?
-En el contexto histórico actual, yo creo que la misión de las madres cubanas es justamente esa: enseñar a sus hijos, formarles valores, hacerlos mejores personas, prepararlos para la vida. Y creo que con eso también vamos a contribuir a tener un mejor país.
Loyda no ha perdido la capacidad de sorprenderse ante su hijo: «Yo nunca he escuchado a Frank tener una frase hiriente con algún niño; incluso con las personas mayores es extremadamente respetuoso, y creo que esa es de las cosas más bonitas que siento hoy: que he sido capaz de educar a un niño maravilloso».
A la vez que madre, Loyda sabe llevar con amor y gratitud su condición de hija: «Mi mamá es mi motor impulsor». Y comparte una perspectiva muy interesante: en la medida en que el niño crecía, ella fue comprendiendo por qué muchas veces la recogían tarde en la escuela, por qué muchas veces fue una de las últimas en irse: «porque es difícil combinar ser una buena profesional, y ser una buena madre. En mi caso particular, lo he logrado por varias cosas: primero, porque tengo una familia maravillosa; en segunda, porque tengo unos padres presentes, unas jefas que al igual que yo son madres y me apoyan incondicionalmente, y un colectivo de trabajo muy unido».
Habrá que ver qué dice el futuro, pero el Frank de diez años afirma que le gusta la profesión de médico. La vida podría llevarlo por otros derroteros; pero ahora, que hable de ser doctor, dice mucho sobre su condición humana y su vocación de empatía.
Esa tendencia a prodigarse a los demás no es una cualidad espontánea: como telón de fondo, un día tras otro, ha estado gravitando la disciplina y la devoción de una joven mujer cuya principal vocación es cultivar el alma de su hijo; ha estado la madre convencida de que, si se trata de su niño, no hay imposibles que valga.