¡Hasta la victoria siempre!
Nacionales

Durante estos días de homenaje a Fidel, nuestro sitio web estará compartiendo en varias partes el libro Ahí viene Fidel, con crónicas y testimonios sobre el homenaje póstumo que recibió el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, al paso por Cuba del cortejo fúnebre durante los nueve días de Duelo Nacional.
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Quiere esconderse el sol de la primera jornada de viaje, pero el pueblo no se oculta todavía. Son las 5:05 de la tarde. Una gran bandera cubana y otra del 26 de Julio, a cada lado de la carretera, como quienes han llegado hasta Cuatro Palmas, desafían al viento y las horas de espera para recibir el cortejo fúnebre del Comandante en Jefe que ya comienza a andar por las tierras de Villa Clara.

Ante la solemnidad de la entrada, el Himno de Bayamo se escucha y llama al combate. Muchos visten de blanco, algunos simbolizan el luto en la cinta negra que han anudado en su brazo derecho, y la imagen de Fidel se levanta en los cuadros que sostienen otros. Maestros y pioneros saludan, agitan las banderas y observan el armón que se aleja igual que los hijos negados a la partida del padre.

Entre tantos niños, una mujer de unos sesenta años, cuando tiene ante ella la urna de cedro, por la impresión de saber quién va ahí, se pone en firme y, similar a los soldados de más experiencia, lo saluda, gira su cuerpo sobre el pie derecho y lo sigue hasta que se aleja.

Cascajal, repleto de gente sobre las aceras, le da la bienvenida con el mismo respeto. Embarazadas, pequeños en brazos, abuelos, jóvenes... Y las notas del himno nacional desde una bocina en el centro del pueblo.

Luego Mordazo, Sabino Hernández, la cervecería Antonio Díaz, Manacas, las cercanías del central azucarero George Washington; y es Santo Domingo el primer municipio que recibe de noche a Fidel. Allí lo ven pasar algunos desde los portales cercanos a la carretera, otros con bastones o en sillas de ruedas frente a sus casas; muchachas con las manos en la cabeza... A muchos les cuesta asumir aún la muerte de un hombre que creyeron inmortal.

Foto: Juvenal Balan Neyra

Cerca de cien metros, a ambos lados de la vía, una senda de flores en el suelo, sobre todo rosas rojas, rinde honor al Comandante. En la oscuridad los flashes de cámaras fotográficas y celulares son puntos claros a lo largo de la carretera que, mientras señalan el camino, guardan el momento que nadie quiere perderse. El auto detrás del armón tiene la luz larga encendida para iluminarlo y las personas puedan ver mejor el cofre dentro de la cúpula de cristal.

Así, entre luces amarillas pasa por 26 de Julio y Jicotea hasta llegar a Esperanza. Desde pantallas gigantes, la imagen del guerrillero hablando impresiona a todos. Lo más difícil es pensar en él, en las veces que pudieron verlo o sentirlo cerca y relacionarlo con la muerte.

En la grabación se le ve de verde olivo aquel 1.º de mayo de 2000, y ahora, para este pueblo que lo recibe y llora, otra vez dice el concepto de Revolución. Las calles y esquinas estrechas están colmadas de gente y se escucha el himno de la patria. Ya es común que en los pueblos villaclareños se canten sus versos.

Se siente la energía de un pueblo triste. El cortejo se desvía de la Carretera Central y toma otra vía hacia el sur buscando la ciudad de Cienfuegos. En una zona despoblada, antes de llegar a Ranchuelo, los vehículos se detienen. Los abastecen de combustible, los limpian, sacuden el polvo a la cúpula de cristal y acomodan los ramos de flores.

Han pasado las 7:00. Ni la frialdad ni la oscuridad de una noche con luna en cuarto menguante impiden que los vecinos de la región abandonen sus casas y se acerquen al camino a esperar al Gigante. Una vez en Ranchuelo, hay mucha gente en los balcones, encima de los edificios, asomada a las ventanas de casas antiguas sin portales, a menos de un metro de la calle. Y por momentos, el silencio.

Foto: Juvenal Balan Neyra

Por segunda ocasión en el recorrido, los carros cruzan otro puente sobre la Autopista Nacional; pronto llegan a Abreus, primer municipio de Cienfuegos. Luego Cruces, Paradero de Camarones, Espartaco y Palmira.

¡ÉL ES DE VERDAD!

Son las 9:00 de la noche cuando entra la caravana a la ciudad, la primera que en este viaje recibe al Comandante de noche. Pasa cerca de la Universidad Carlos Rafael Rodríguez y sigue la circunvalación hasta el centro. En cada tramo: gente, carteles, banderas y la luz que desprenden los teléfonos móviles, llenan el camino.

El pueblo toma las avenidas como lo hizo el 5 de septiembre de 1957, no esta vez para alzarse contra la dictadura de Batista, sino para despedir a un Fidel envuelto en cedro que ven pasar los viejos árboles del Prado. Militares serios y tristes saludan, se escuchan gritos, lo aclaman con la ilusión de que aparezca en cualquier momento y lo custodian en gruesas filas de luces que bordean la vía.

¡Fidel es de verdad!, es la impresión que revelan las fotos históricas en el rostro de una niña cienfueguera que lo miró aquel 6 de enero de 1959, cuando en el Ayuntamiento habló al pueblo. Pasados cincuentaisiete años, está de nuevo allí el Comandante y de noche, en el parque Martí. Es la primera vez que el cortejo se detiene ante la multitud y las autoridades políticas y de gobierno de una provincia.

Con su uniforme militar, lo mira el general de brigada de la reserva Marcelo Verdecia, el muchacho que en 1959 entró en el mismo yipi Willys que Fidel y dos años antes había subido a la Sierra para convertirse en parte de quienes protegían la vida del jefe guerrillero.

«Siempre estuve con él en la comandancia de La Plata. Yo le cargaba su fusil de mira telescópica. Él era muy intranquilo, impaciente. Algunas veces salíamos a caminar los dos solos donde no había peligro, y él caminaba muy rápido, hacía muy breves pausas y continuaba. Siempre estaba con un palito en la boca, era muy activo y ágil, hacía una pregunta y ya estaba pensando en otra.

Foto: Juvenal Balan Neyra

»Por eso es que verlo así me ha afectado mucho. Para mí, huérfano de madre a los cinco años y con muy pocos estudios, mi más grande educador fue él. Cuando llegamos a La Habana me puso una maestra de la universidad para que me enseñara a leer y escribir. Para mí está vivo».

Las calles del centro histórico de la ciudad, que impresionan por la belleza y conservación de su arquitectura e iluminación, reciben con aclamaciones el cortejo. Parece que llegará en pocos minutos el hombre que se dejó crecer la barba en la Sierra.

Silencio. Cientos de ojos detallan el armón. Fidel de nuevo ha venido a honrar este territorio. El himno nacional se escucha, vibra el alma de los cienfuegueros. Ya es cerca de las 9:30. La caravana bordea el parque, continúa por una de las calles, dobla a la derecha y avanza por todo el Prado hasta el Malecón y Punta Gorda, donde termina la ciudad y comienza la bahía. Una hilera de cocoteros, mucha gente, luces..., y otra vez cerca del mar pasa el Comandante.

Por el bulevar, una joven tiene sus grados pintados en la cara, un fotógrafo amigo le tomó esa imagen que se multiplicaría después en las redes. Pero la muchacha no piensa en esa, sino en la otra tomada en 1995 donde aparece Fidel, varios dirigentes cienfuegueros y al centro, su madre, una fotografía que por años estuvo sobre su buró.

Rosa María Díaz es periodista del semanario 5 de Septiembre; y por esos días escribió: «Mi mamá tiene una foto al lado de Fidel, yo ni siquiera pude tocarlo a él; ahora sé que nunca podré. Lamento no haberlo leído más, no haberlo visto y escuchado más, no saberme de memoria su biografía personal, hasta los datos más íntimos. Lamento no haber podido nunca estar a su lado, aunque en cierto modo sí lo estuve».

El artista de la plástica Santiago Hermes sintió la necesidad de hacer algo, y mientras un amigo trompetista lo acompañaba interpretando marchas o toques de silencio, él, como en la piel de Rosa María, dibujó en los cienfuegueros símbolos patrios o los grados del Comandante.

«Lo que más me pedían, sobre todo los niños, era que les pintara su rostro. Fue nuestra manera de honrarlo. Así exterioricé el dolor que sentía. Regresé a casa en la madrugada, pero con la satisfacción de que por él, no dejé de pintar en ningún momento».

Por el Paseo, las exclamaciones de ¡Fidel, amigo, el pueblo está contigo! lo llenan todo; y el pueblo le corea al mundo que él vive en ellos.

Recuerda el general Verdecia que, por los días de enero de 1959, William Morgan, estadounidense y comandante del Segundo Frente Nacional del Escambray, se había autotitulado jefe en la base naval de Cayo Loco, convertida hoy en Museo Naval, y había comenzado a sacar armas. «Fidel entró ahí, se reunió con los marineros y Morgan fue destituido».

A unos metros del lugar donde giran las ruedas y retornan los carros en sentido contrario, parece esperarlo el restaurante Covadonga con una bandera cubana, el concepto de Revolución, algunas fotos suyas y una corona de flores. Allí Fidel celebró aquel 6 de enero la cocina de Doña María; pero esta noche, sus trabajadores han dejado el lugar vacío y están todos al borde de la calle.

Ese día de reyes Fidel descansó por unas horas en Punta Gorda, «en la casa de un tío de quien fuera su dentista en la Sierra, Luis Borges Alducín. Sobre las 9:00 de la mañana desayunó y salió; luego fue al Ayuntamiento y se entrevistó con los periodistas», explica el general Verdecia.

Sigue su ruta el cortejo y quienes lo acaban de despedir cruzan corriendo el Prado para verlo otra vez. Una muchedumbre inunda la calle y marcha tras la caravana.

A lo lejos queda la ciudad iluminada de Cienfuegos. Llovizna, hace frío y hay niebla. Rumbo a Santa Clara, se repite el trayecto por donde horas antes había entrado a la provincia. Se aproximan las 11:00 de la noche, y los pobladores de Palmira, Espartaco, Paradero de Camarones y Cruces permanecen para darle el último adiós.

Antes de andar sobre el puente de Ranchuelo, la hilera de carros gira a la derecha e inicia un paso breve de unos veinte kilómetros por la Autopista Nacional: busca la ciudad que liberara el Che en diciembre de 1958. En ese tramo despoblado lo custodian oficiales y soldados de las FAR y el Minint. También los habitantes de casas cercanas, bajo los puentes, aguardan.

Foto: Juvenal Balan Neyra

En el kilómetro 259, trabajadores de tiendas y cafeterías a la orilla de la carretera salen a su encuentro. A la entrada de Santa Clara, bajo las farolas, están militares de una unidad de las FAR cercana, estudiantes universitarios y mucho pueblo.

Llega a la circunvalación, dobla a la izquierda y entra por esa senda el Comandante Fidel a la ciudad donde lo espera el guerrillero argentino. Es ya medianoche, las luces amarillas de la carretera iluminan los rostros de estudiantes de Medicina y otros jóvenes. Son instantes de gritos, llantos y vivas a Fidel.

Santa Clara, despierta y silenciosa, exactamente a las 12:10 de la medianoche, lo observa llegar al Mausoleo donde desde hace casi veinte años reposan los restos de Ernesto Che Guevara, el amigo que conoció en México en 1955, lo acompañó en la expedición del Granma y se convirtió en la Sierra y la Revolución en uno de sus más cercanos comandantes. Justo en este sitio solemne sucederá la primera vigilia.

Bordea su estatua de bronce y se detiene a unos metros de los nichos en que descansan Che y algunos de los combatientes de la guerrilla del Ñancahuazú.

Los tres generales de la escolta de honor descienden del yipi. Uno al lado del otro, en firme, observan cómo el teniente coronel Peraza y el sargento Alexei Hernández, marchando, llegan hasta el armón y junto a los dos ayudantes de la urna, Runier Moreira Arias y Robert Guerra, sargentos instructores de la Unidad de Ceremonia, llevan la cúpula de cristal hasta un pedestal cercano.

Quitan los seguros y corren el cofre unos centímetros hasta el borde trasero del armón. Zafan las correas oscuras que lo han sujetado desde La Habana, lo toman por las agarraderas y, con cuidadosa marcialidad, colocan sobre sus hombros el cofre de cedro con las cenizas del Comandante en Jefe.

A la voz de mando del teniente coronel Peraza, dan media vuelta y comienzan a marchar con paso fúnebre, con el cual alcanza mayor altura y fuerza la caída del pie si el lugar es abierto; luego se hace más ligero cuando suben la escalera y entran al recinto sagrado donde duermen los guerrilleros.

Foto: Juvenal Balan Neyra

Encima de una base de mármol, frente a la columna del centro donde están los restos del Che, colocan la urna. Muy cerca, en la plaza, al pie de su estatua, con letras de bronce está esculpida su carta de despedida a Fidel. «Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo y que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de mis actos».

Peraza, con cariño de soldado leal, arregla la bandera como diciéndole al Comandante «hasta mañana». Las dos urnas descansan a menos de dos metros de distancia, una frente a la otra. Entre sollozos y aliento, Peraza le dice a sus muchachos: «Vamos a dejar que conversen toda la noche».

Salen los cuatro militares de la ceremonia por la otra puerta del Memorial. Ya abajo, se abrazan. «Tenemos esa costumbre cuando comenzamos y terminamos la tarea, especialmente después de una jornada como aquella», cuenta Peraza.

Allí, asombrado ante el bronce del Che y la llegada de Fidel al Mausoleo, el cineasta Roberto Chile quien, con su cámara fotográfica ha retratado rostros, lágrimas y adioses desde que salió de la capital en el camión de la prensa, se emociona otra vez.

Por más de veinte años estuvo captando para todos videos e imágenes del líder. Ahora, casi al término de este primer día con más de diecisiete horas de viaje en el que cientos de miles de personas lo han visto, y la caravana ha recorrido unos 350 km de los más de mil que hay hasta Santiago de Cuba, el cansancio de la marcha se disipa mientras un amigo de otras tierras le escribe.

«Dime, ¿qué pasó cuando Che y Fidel se encontraron?», le pregunta a través de un mensaje de texto; y Chile, con sus tantos recuerdos del Comandante en el lente y en el alma, le responde: «Se abrazaron, salieron caminando los dos y ya no los vi más».