Defendamos con todo a la Revolución; lo demás, como ha dicho Raúl, es «cuento del enemigo»
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Este tres de junio es el cumpleaños 95 del General de Ejército Raúl Castro Ruz, un guerrillero que ha dedicado y dedica su vida a librar múltiples batallas por la Revolución cubana. Sirva esta evocación para extenderle un sincero y agradecido abrazo.  
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Estudios Revolucion

Han pasado 25 años; y mientras el tiempo sigue poniendo sus capas, unas sobre otras, más me pregunto yo cómo pudo darse aquel diálogo, en la provincia de Ciego de Ávila, con el General de Ejército Raúl Castro Ruz: ¿Cómo él pudo ir reflexionando mientras caminábamos? ¿Cómo pude preguntar todo lo que entonces me interesaba? Y, ¿cómo mi interlocutor dio respuestas que casi no hubo que editar -respuestas con asombroso poder de síntesis, y en las cuales cupo la resistencia de un pueblo entero y la saga de una nación-?

Aquel encuentro del 2001 fue en un día de cielo limpio y de mucho calor. Todavía estaban frescas las horas más difíciles de lo que dimos en llamar «período especial», esa etapa de los años noventa del siglo XX, marcada por situaciones extremas, por el derrumbe del campo socialista y la consiguiente reconfiguración que nos obligó a vivir todo tipo de vicisitudes.

Foto: Estudios Revolución

Cuba había obrado el milagro de resistir aquellos cambios drásticos en el modo de vida, aquellos apagones que parecían infinitos, aquel transporte urbano llevado casi a cero -apenas salvado por unos vehículos gigantes que bautizamos popularmente como «camellos»-, aquel pan nuestro de cada día -que se volvió, literalmente, el único pan de la jornada-.

Con todo eso vivido, y todavía cercano en el tiempo, quise que Raúl me hablara sobre el sentido que tiene resistir y, sobre todo, aprestarse a los triunfos. «Hay que tener voluntad de enfrentarse a los problemas, y hacerlo con ánimos de vencer», me dijo entonces el General de Ejército, en una reflexión que aludía a la fuerza más poderosa del Hombre: la voluntad.

Foto: Estudios Revolución

Después de aquella idea suya sobre el «ánimo de vencer», el admirable guerrillero invocó a quien ha sido una poderosa inspiración para tantos: Fidel. «Yo no he visto a nadie -contó Raúl-, y lo digo apoyándome en hechos concretos, que haya tenido una voluntad más grande mientras mayores eran las dificultades, que Fidel. Hay que pensar en el esfuerzo que hubo que hacer para organizar un ataque como el del cuartel Moncada, y pensar cómo en unas poquitas horas se desvaneció tanta entrega, tanta esperanza, sobre todo tanta sangre».

«Después vinieron el presidio, el exilio, la organización del Granma, la clandestinidad y ocasionalmente la persecución en México, y luego llegamos a la Patria, y tres días después, en pocas horas, vimos desaparecer de nuevo todo el esfuerzo acumulado, cayeron decenas de compañeros… Cuando dos semanas después, el 18 de diciembre de 1956, me encuentro con Fidel ya metido en la premontaña de la Sierra Maestra, en un lugar llamado Cinco Palmas, después del abrazo inicial su primera pregunta fue: “¿Cuántos fusiles traes?”. Contesté que cinco. Y él resumió: “Y dos que tengo yo, siete. Ahora sí ganamos la guerra”. Realmente yo no lo creía, no me parecía posible que con los siete fusiles fuéramos a ganar la guerra».

Foto: Estudios Revolución

El General de Ejército me confesó que, ni sus compañeros ni él, se sintieron derrotados: «Lucharíamos hasta el final de nuestras vidas. Jamás nos entregaríamos ni abandonaríamos la lucha. Pero la situación era muy compleja».

Por aquellos días de la entrevista el enemigo de la Revolución cubana hablaba con intensidad de la Era pos-Castro. Le comenté al compañero Raúl que, según ellos, cuando Fidel, con su magnetismo e indiscutible liderazgo, ya no estuviera físicamente, eso sería un problema para la continuidad de la Revolución. Quise conocer sus ideas al respecto; y él fue rotundo:

«No habrá ningún problema. Nosotros, naturalmente, queremos que Fidel viva muchos años. Pero la eternidad no es posible. Tenemos nuestro nacimiento, crecimiento, desarrollo y el final, y es justo que así sea. Pero en el caso nuestro, nosotros no moriremos con la muerte física, viviremos o moriremos en dependencia de lo que pase con la Revolución. Si ella muere, habremos muerto. Si ella perdura, viviremos. Aspiramos a vivir eternamente en tanto viva eternamente nuestra Revolución. Lo demás es cuento del enemigo».

Que todo depende de lo que seamos capaces de hacer con la Revolución, y que «lo demás es cuento del enemigo», fue de las ideas que más me gustaron y recuerdo del diálogo. La frase, por cierto, parece hecha para hoy, cuando una infodemia pretende nublarnos todo entendimiento, cuando hay tanta mentira y malos cuentos sueltos -como ese de querer enjuiciar a Raúl, en una jugarreta que a todas luces apunta a lo simbólico.

Los agradecidos de Cuba se pusieron de pie para decir que a Raúl nadie lo toca. La ocurrencia del enemigo fue tan baja y peregrina que no llegaba al nivel de la ofensa -parecía más bien un bocadillo de comedia-; pero de todos modos levantó un mar de pueblo, una suerte de valladar ante cualquier intento de fabricar excusas con qué destruirnos.

Foto: Estudios Revolución

¿A quién se le ocurre que un ente lejano y extraño puede disponer de lo elevado y venerable que tenemos? Hay hombres, y también mujeres, que condensan en sí el alma de una nación -porque han sabido interpretarla como pocos, y por tanto defenderla de la mejor manera-. Raúl es uno de ellos; y cuando uno dice «Raúl es Raúl», está queriendo decir que él está muy acendrado en su singularidad, en su estilo de lucha -en un combate que muchas veces ha discurrido desde el equilibrio, la contundencia y la discreción, buscando las mejores soluciones mientras se lleva a una nación sobre los hombros-.          

«¿Cuánto habremos madurado definitivamente?» -planteó el guerrillero aquel día soleado desde Ciego de Ávila, para luego añadir desde su sinceridad habitual: «No estoy capacitado para definir ese momento de nuestra sociedad. Es un proceso interminable, pero indudablemente ya puede hablarse de una autoestima del cubano como debe ser».

La autoestima es una palabra que ofrece caminos para entendernos como país que quiere llevar sus riendas pese a toda influencia o amenaza: La Revolución fue un suceso histórico que puso definitivamente a salvo eso que nos sostiene y que se llama amor propio.

Foto: Estudios Revolución

Quienes han estado muy cerca de Raúl hablan de su extraordinaria sensibilidad como ser humano. Muchos no lo imaginan desde esa dimensión tan delicada. «El poder tiene eso», me ha dicho una amiga que lo conoce bien y que sabe del valor de mirar a los ojos, de intercambiar palabras, de sostener roces frecuentes mientras se trabaja y se lucha por Cuba.

Un detalle, sin embargo, puede ofrecer un mundo de verdades. De Raúl, yo guardo más de uno: su fina letra sobre las hojas de aquella entrevista; su impronta de salir caminando mientras reflexionaba -gesto que evitó reposos y que así rompió con toda lógica convencional-; y su capacidad de advertir los impulsos de un interlocutor.

Sobre esto último, no olvido que al final de un viaje que hizo posible que Raúl viera mi última versión de la entrevista, pasamos por un lugar donde, sobre unas mesas, había algunas golosinas. El General de Ejército se percató de que yo las estaba mirando, y me propuso: «Tómalas y llévaselas a tu niña; Vilma lo hubiera hecho igual».

Fueron segundos hechos de naturalidad y empatía. Y ese gesto de comprensión, breve y sin altisonancias, dejó en mí una huella de humanidad, de sencillez y de ternura que todavía me dura.     

Foto: Estudios Revolución